¿Dios cambia de parecer? Qué significa najam en hebreo

Algunos versículos dicen que Dios «se arrepintió», y otros que Dios no se arrepiente como un ser humano. ¿Se contradice la Biblia? No. La clave está en una palabra hebrea, najam, y en leer cada versículo en su contexto.

Una palabra con dos sentidos

Najam es un verbo de sentimiento profundo. A veces significa «consolar» a alguien. Otras veces, «dolerse» por algo o «cambiar de parecer». En español, «arrepentirse» suena a reconocer que uno hizo mal; por eso, cuando el sujeto es Dios, no lo traducimos así.

Cuando Dios se duele

Antes del diluvio, el texto dice: «YHWH lamentó haber hecho al ser humano en la tierra, y se dolió en su corazón» (Génesis 6:6). No es que Dios se equivocara al crear: es el dolor de Dios ante la maldad humana.

Lo mismo con Saúl: «Lamento haber hecho rey a Saúl, porque se ha vuelto de seguirme» (1 Samuel 15:11).

Cuando Dios no lleva a cabo un castigo

Cuando Moisés intercede por el pueblo: «YHWH cambió de parecer sobre el mal que había dicho que haría a su pueblo» (Éxodo 32:14). Cuando Nínive se arrepiente: «vio Elohim sus obras, que se volvieron de su mal camino; y cambió de parecer Elohim sobre el mal que había dicho que les haría, y no lo hizo» (Jonás 3:10).

Dios mismo explica cómo funciona esto: si una nación a la que él anunció un castigo «se vuelve de su maldad […], cambiaré de parecer acerca del mal que pensaba hacerle» (Jeremías 18:8). Sus advertencias son una llamada a volver. Por eso Joel dice que Dios es «clemente y misericordioso […] y cambia de parecer sobre el mal» (Joel 2:13).

Y sin embargo, Dios no cambia

La misma Biblia dice: «Él no es hombre para mentir, ni hijo de hombre para cambiar de parecer» (Números 23:19). Y en el mismo capítulo donde Dios lamenta haber hecho rey a Saúl, Samuel afirma: «el Esplendor de Israel no miente ni cambia de parecer, porque él no es un ser humano para cambiar de parecer» (1 Samuel 15:29).

Que las dos cosas estén en el mismo capítulo muestra que el autor no veía contradicción. Dios no cambia en quién es, ni en sus promesas, ni se equivoca como nosotros (Malaquías 3:6). Precisamente porque siempre es el mismo, siempre responde igual: con dolor ante el pecado y con misericordia ante el que se vuelve a él.